Las abuelas

A veces me pregunto qué sienten esas madres que se ven obligadas (o eligen libremente) dejar a sus hijos para ir a trabajar, pero el post de hoy lo quiero dedicar a las abuelas. Esas mujeres que criaron a sus hijos y quizá trabajaron hasta jubilarse y ahora cuidan a sus nietos.

Hoy en la mañana fui a comprar algunas verduras pero la tienda estaba llena, había unas cinco señoras bastante mayores, dos de ellas con carreolas de pequeñines menores de un año y otra llorando, yo con mi pequeña de más de tres años en brazos alcancé a escuchar algunas conversaciones:

La abuela que lloraba era porque su nuera le había ido a quitar a su nieto que crió desde que nació. Otra abuela se quejaba de que sus nietos eran muy exigentes con lo que les cocinaba, pero como sus hijos ganaban bien, pues que le dieran el dinero o que se fueran al restaurante (sin embargo compró dos tipos diferentes de aguacate porque a fulanito no le gustaba de éste y sí de aquél).

Por último una de las señoras de la carreola reconvenía a su nieto y le decía: mira qué bien se porta esa niña (mi hija) no llora nada, aprende de ella. El bebé no decía nada pero estoy segura que pensaba ¿cómo no va a estar feliz esa niña si la está cargando su mamá y alcanza a ver todo mientras yo estoy aca abajo, solo e incómodo).

El caso es que no dudo de que esas abuelas disfruten cuidando a sus nietos y quieran ayudar a sus hijos, pero también creo que es una carga muy pesada e inadecuada para ellas.

A mí, por más que ame y adore a mis hijas, a eso de las tres de la mañana me da por soñar con que crecen y se independizan y ruego a Dios que cuando tengan hijos puedan dedicarse a ellos y yo pueda disfrutar de mis nietos cuando los traigan de visita.

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Yo creo en el amor incondicional

Hace algunos años, platicando con una terapeuta, le comenté que yo no creía en el amor incondicional. Para mí la única forma en que el amor podía existir era en en base a un sano y equilibrado intercambio en el que ambas partes dan y reciben de la misma manera. Llevaba cuatro años felizmente casada con un hombre maravilloso que cumplía con todas mis expectativas.   Ella me preguntó ¿y a tu hija no la quieres con amor incondicional? yo todavía tuve el descaro de contestar: Sí, pero sólo por ahora, mientras crece.

Cinco años han pasado y ahora descubro que ya no queda mucho de aquella orgullosa mujer que se atrevió a pronunciar en voz alta tamaña tontería.

Tengo tres hijas, a todas las amo con locura y sé que este amor crece cada día y no tiene nada que ver con las cualidades de ellas ni con las mías y la relación con mi esposo no se parece a esa que solía ser en la que se medían las  atenciones, y se reclamaban las caricias o los halagos, ahora somos dos personas que hacen su mayor esfuerzo, unidas por el compromiso tomado ante Dios y ante los hombres de permanecer el uno junto del otro, de amarnos en las buenas y en las malas, fieles a nuestra paternidad, concientes de nuestros grandes defectos y carencias y también un poco asustados… después de este amor incondicional ¿qué sigue? ¿será que podré amar a mis enemigos? así como van las cosas no me sorprendería.

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Cuentos de mi maternidad

Les dejo este cuento que escribí hace tiempo durante un curso de escritura creativa.

La sabia

La joven madre con su hijo en brazos se internó en el bosque, iba tan distraída mirando las aves y las flores que perdió el camino y cuando se dio cuenta era demasiado tarde. Caminó y caminó, gritó pidiendo ayuda pero nadie la escuchó. Cuando llegó la noche, la asustada mujer le pidió perdón a su hijo, lo abrazó aun más apretado y lo miró a los ojos, y ahí en esos ojos siempre confiados pudo ver su reflejo y junto a ella vio a su abuela y a la abuela de su abuela, a todas las madres de su familia y a todas las madres de su aldea, las escuchó cantando sus canciones y contando sus viejos cuentos mil veces repetidos, las vio amamantando a sus hijos, peinando sus enmarañados cabellos y besando tiernamente a sus hombres en la soledad de sus chozas, las acompañó a danzar junto al fuego y mató con ellas a las alimañas del campo y finalmente pudo ver el camino de regreso a casa. Cuando el sol salió con el canto de las avecillas madrugadoras y las primeras flores que abrieron sus pétalos saludando el día, la joven madre regresó a la aldea. En la noche pasada en el bosque, su largo y negro cabello se había llenado de hebras de plata, la gente decía que era por el miedo y la angustia que había vivido, pero ella sabía la verdad, se trataba del velo blanco de las iniciadas.

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Ser madre en el tercer mundo

Vivir en el tercer mundo no significa necesariamente que se es pobre (aunque así es muchas veces). Para las madres como yo significa que en cada consulta al pediatra les recetarán a los niños medicamentos como el mesulid (prohibido en países como España) o que no encontraras parteras certificadas ni casas de partos en muchísimos kilómetros a la redonda. Significa que al ir al supermercado te venderán avena transgénica prohibida en Estados Unidos, nuestro vecino de al lado, que amablemente nos la envía junto con la Coca-Cola con colorantes cancerígenos y otros productos así de simpáticos.

Significa que cuando fumigan tu ciudad contra el dengue no das gracias a Dios porque te protege de morir de una hemorragia sino que le pidas que proteja a tus niños del cáncer que provocan los fumigantes que utiliza el flamante gobierno de tu estado. Significa también que las queridas y talentosas hermanas, tías o hijas se irán a vivir a otro país donde la sociedad machista y retrógrada no pueda cortarles las alas.

Significa leer libros “pirata” porque no hay forma de conseguirlos legales, y ser considerada una hippie si te interesas por un huerto en casa o eres vegetariana. Significa pagar mucho más por productos como los pañales de tela o las bolsas especiales para conservar la leche materna (y que además todas las instrucciones vengan en inglés) por la baja demanda que hay y el esfuerzo que supone traerlos desde otros países.

Pero también hay muchas cosas buenas: aquí en mi país es muy común ver a las madres amamantar a sus hijos con confianza y desparpajo o llevarlos en rebozo donde nunca lloran a pesar de la pobreza y el cansancio.

Vivir en el “tercer mundo” quiere decir  que, con un poco de suerte y esfuerzo encontrarás a una partera tradicional con ojos de cielo y sabiduría ancestral que te dirá el sexo de tu bebé y la fecha probable de parto sin necesidad de ecografías ni estudios.

Representa que probablemente tienes una familia numerosa y toda la riqueza que los hermanos y primos pueden traer a la vida, una tribu corporea que verdaderamente te puede dar la ayuda que necesitas y tal vez un par de abuelas que dieron a luz en casa y que te hará un guiño cuando vea que amamantas–yo le hice así– dirá –y mira que grandes y fuertes estan tus tíos.

Y también significa que hay mucho por hacer y que tenemos la oportunidad real de trascender a nuestras preocupaciones cotidianas y hacer algo por los demás, algo que verdaderamente pueda marcar a la sociedad y frenar aunque sea un poquito la deshumanización que vivimos todos.

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Racismo

¿De qué color son “los buenos” y los “malos” en los dibujos animados?


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Y nos preguntamos por qué son racistas los niños…

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Las figuras de apego


Hace unos días renunció la chica que me ayudaba con la limpieza de la casa y que estaba por cumplir un año de trabajar para nosotros. A mi hija mayor el asunto no le importó mucho salvo porque la muchachita “¡se va a casar, qué emocionante¡” y porque le entusiasmaba la llegada de una nueva amiga. Lo cierto es que la chica que se fue era bastante seria y callada. Mi hijita pequeña ni cuenta se dio del cambio pero mi hija mediana sí que está extrañando a su amiga.

Los primeros días no dijo nada, pero cuando su papá viajó por trabajo y luego se fue su abuela, las cosas se pusieron dificiles. Empezó a ir a buscarme por las noches, solo se baña si me baño con ella, “accidentalmente” pateó a la nueva ayudante, ya no quiere ponerse el cinturón de seguridad en el auto, y llora o más bien aulla por cualquier golpe empujón o contrariedad de su vida.

A todos los amigos y familiares que les comenté el problema se les ocurrió la misma solución:”Deberías metarla a la guardería/estancia/kinder para que ya no extrañe tanto”.

Traduciendo esto: Como la niña sufre tanto por perder una figura de apego secundaría (o terciaria diría yo) entonces mejor quitale su figura de apego principal (osea su madre)y méterla todo el día con personas desconocidas para cultivar relaciones superficiales y así si me muero o cambio el servicio doméstico ya no lo sentirá pues estará acostumbrada a pasarla sin nosotros!!!

Me pregunto si la gente piensa las cosas o solo repite lo que les venden los medios de (in)comunicación. Yo por mi parte estoy muy orgullosa de tener una hija sana emocionalmente, con los instintos intactos, que es capaz de encariñarse y de extrañar, de vivir un duelo por la persona perdida y estoy feliz de estar aquí con ella para ayudarla a sobrellevarlo.

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Jolie Giraffe o por qué no me gusta la escuela tradicional

A la maestra de inglés de mi hija de tercero de preescolar se le ocurrió un modo de motivar a los niños: llevó a la mascota de la clase una simpática jirafita de peluche llamada Jolie y dijo que el niñ@ que mejor se portara se lo podría llevar a casa el fin de semana.

Los problemas empiezan porque los niños tienen una idea diferente de lo que significa portarse bien; mientras para mi hija portarse bien significa sentarse en su lugar, prestar atención, hacer los ejercicios que le marcan, participar etc, para la maestra significa descollar en el conocimiento del inglés. Claro que para eso intervienen muchas cosas como la edad del niño ( en el salón de mi hija hay niños casi un año mayores que ella) y también, claro, facilidad para el idioma etc.

Siguiendo con la historia: llega el viernes, mi hija que se ha portado muy bien piensa que ella se llevará a la jirafa pero no, el elegido es otro niño, mi hija se extraña, luego se enoja y al final se deprime, -no me porté bien- me dice cuando llego a buscarla-no me dieron a Jolie Giraffe, y las lágrimas se asoman a sus ojitos. Y así por cinco semanas en las que los niños “grandes” y más adelantados se llevaron al bendito muñeco a su casa.

Ayer hablé con la maestra, le dije que tomara en cuenta la edad de los niños etc. etc, y mientras más me decía lo bien que se portaba mi hija y lo bien que le iba en la clase, más coraje me daba.

Entonces le pregunté por qué no dividía sus premios en buena conducta y aprovechamiento. La maestra que es una dulce dama, me dijo que no lo quería llamar así por no lastimar a los niños menos aprovechados. (osea, mejor mentirles).

“Pero ya pronto le va a tocar”, dijo para tranquilizarme yo en ese momento ya echaba chispas por los ojos.

El asunto es que no quiero que le den un premio a mi hija si no lo merece, pero creo deberían haber recompensas que TODOS los niños del grupo tengan la posibilidad de alcanzar.

Recuerdo un maestro de la universidad que decía que el 10 era inalcanzable, aunque hicieramos todos los trabajos y contestaramos bien los exámenes nunca nadie lo ganaba… desde mi punto de vista lo inalcanzable es el 11, el 10 se le da a una persona que completan los objetivos de la clase, otro maestro decía que se iba a ver mal que todos tuvieramoos 10 asi que rifó entre todos las calificaciones de 9.9, 9.8 y 9.7. recuerdo también a otra maestra que nos motivó e incluso dio clases privadas y cuando todos sacamos 10 fue acusada de darnos las respuestas.

Recapitulando: NO ME GUSTA la escuela tradicional porque mezclan en un mismo y numeroso grupo miembros con gran diferencia de edad y aptitudes y porque su sistema de calificaciones es completamente obsoleto, inútil y muchas veces falseado.

Hay muchísimas cosas más que no me gustan y huelga decir que el próximo curso me paso al sistema Montessori o al Homeschooling. Desde aquí seguiremos informando.

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